Yo también crecí oyendo la palabra “crisis”
Cuando era niña escuchaba a mis papás pelear por dinero. A veces detrás de la puerta. Que no había. Que no era suficiente. Que era muy difícil ganarlo. La palabra “crisis” la recuerdo desde entonces: siempre estábamos en una crisis tras otra.
Mi mamá cosía ropa para otras personas y hacía magia para que la carencia no se notara. Entre semana comíamos tacos dorados de jamón, con crema y lechuga, y yo los amaba; nunca supe que eran de jamón porque no alcanzaba para el pollo. El domingo comprábamos carnitas y ella partía la carne de cada taco en dos: dos para mi hermana, dos para ella, dos para mí, tres para mi hermano. El último era para la mascota.
Aprendí que el dinero era atropellado, inestable, y que si yo quería algo me lo tenía que ganar. Los domingos vendía ropa usada en el tianguis para pagarme el cover. En la universidad fui mesera en eventos e hice resúmenes de libros por encargo hasta la madrugada. Años después dejé un trabajo estable y, durante 20 años, construí equipos comerciales de miles de personas en mi negocio de redes.
Equivocarte no te quita valor.
Y de un momento a otro, el cheque se me quedó a la mitad. La empresa tuvo problemas, la gente se fue, y yo me quedé endeudada, de regreso en el departamento de mi papá en la colonia Álamos, juzgándome por no haber sido “una verdadera líder”. Fue el peor momento de mi vida. Lo único que no dejé fue salir a correr en las mañanas.
El día después de cumplir 32 años me quedé sola, golpeé los cojines de mi cama, le reclamé a Dios y, al mismo tiempo, le pedí ayuda. Lloré hasta quedarme dormida. Desperté como a las nueve de la noche, en paz. Puse El camino del guerrero pacífico y esa noche lo escribí en una hoja: “a partir de hoy salgo adelante”. Al día siguiente un amigo me invitó a un curso, y ahí aprendí lo que hoy le repito a todas: no importa los errores que hayas cometido, tu valor como ser humano no cambia.
Me levanté y me dediqué a la educación financiera. Regalé diez asesorías y en cada una pedía escribir todo lo que la persona había ganado en su vida. Luego preguntaba: ¿dónde quedó? El 95 % ya no lo tenía. De ahí salió mi libro, Estoy quebrado y no lo sabía.
Pero vi algo que no me cuadraba. Unas personas entendían y aplicaban rápido. Otras entendían todo, repetían las clases… y se quedaban atoradas. Estudié neurociencias para entender por qué, y lo vi claro: el bloqueo no estaba en la información, estaba en el subconsciente. Los problemas de dinero nunca tuvieron que ver con el dinero.
Así nacieron las 21 Cartas al Dinero: una carta a mano cada día, con pluma azul, música, una vela y un mantra. Es una forma amable de llegar a lo que tapamos, sin confrontarte. La primera edición la hice con 15 alumnos de mi mentoría gratuita de las mañanas. Esther, de 63 años, soltó la idea de que no era suficiente por no haber terminado de estudiar. Un alumno que trabaja en finanzas por fin pudo perdonarse una decisión financiera que salió mal y que le costó la casa a su mamá.
No te cuento esto para que me veas como alguien que ya llegó. Te lo cuento porque sé lo que es tocar fondo y volver a empezar desde donde estás, con lo que tienes. Y porque sé que hay una salida más amable de la que nos enseñaron.
Cris